La plaza de Colón: Historias, Leyendas y Milagros (II)

La torre del Clavero: leyendas de miedo

En una esquina de la plaza, en dirección casi contraria a las Américas que nos señala la estatua de Colón, asoma, misteriosa y aislada, la torre del Clavero.
 
Se sabe poco de ella. Unos dicen que se edificó en el siglo XV, otros que es posterior y otros dicen que ya existía en el siglo XIV. Unos dicen que imita al castillo cordobés de Belalcázar y otros dicen que le antecede en el tiempo. Unos dicen que era propiedad de Diego de Anaya y otros que de Francisco de Sotomayor. Unos dicen que tuvo carácter defensivo y otros que decorativo. Unos la llamaron del Clavero y otros del Clavel.
 
Quizá porque se sabe poco de ella, la torre del Clavero es carne de leyendas.
 
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En el siglo XV, la torre del clavero protagonizó algunos de los más horribles episodios de la guerra de los bandos.
 
Era un tiempo oscuro, en el que la salida del sol descubría a los salmantinos los horrores de los crímenes nocturnos.
 
En esos tiempos, cada mañana, las gentes que pasaban por esta plaza caminaban despacio como para no despertar las iras de un fantasma; del fantasma de la torre. El Fantasma Negro, del que se contaba que por las noches salía a matar a sus enemigos: caballeros del bando de doña María la Brava.
 
Al pasar cerca de la torre los salmantinos levantaban la cabeza hacia el sol conteniendo la respiración, porque en lo alto de la torre del Clavero despuntaba siempre la cabeza cortada de otra víctima del Fantasma Negro.
 
Corrían rumores de que las cabezas de los hermanos Manzano, que doña María la Brava colocó vengativa en la tumba de sus hijos en la iglesia de santo Tomé, fueron robadas y ahora estaban en el interior de la torre del Clavero, presidiendo los crímenes que el Fantasma Negro y sus cómplices cometían para vengar la muerte de los Manzano.
 
Una tormentosa noche del mes de julio, don Pedro Fadrique de Monroy, familiar de doña María la Brava sale de su caserón en la plazuela de santo Tomé (hoy de los Bandos). Se dirige a territorio enemigo.
 
En una extraña misiva firmada por el aya que cuida de sus hijas, se le cita a que acuda sin falta a media noche a los pies de la Torre del Clavero. Pedro Fadrique de Monroy no ha podido evitar pensar en el Fantasma Negro, y teme que algo malo pueda suceder a sus niñas.
 
Las niñas, de seis y once años, cierran los ojos cada vez que un relámpago se cuela por los ventanales del palacio de la torre del Clavero, y cogidas de la mano contienen la respiración hasta que explota el trueno. No comprenden por qué las han sacado del convento en el que las dejó su padre, y tienen miedo de los hombres que las han traído allí. Pero no lloran. Porque son unas Monroy. Y los Monroy no lloran. Lo han aprendido de sus padres.
 
La tempestad se recrudece. Cae una cortina de agua que dificulta la visibilidad. A la luz de los relámpagos brilla ya el perfil de la torre del Clavero, y Pedro Fadrique de Monroy acerca la mano a su espada.
 
Todo sucede muy rápido. Poco puede hacer contra cinco atacantes, contra seis, ¿cuántos son?, seis, siete… No lo sabe…
 
Pedro Fadrique de Monroy se revuelve rápido contra ellos, pero es todo inútil. Víctima de la emboscada, es desarmado y llevado al interior de la torre del Clavero.
 
Los truenos cada vez son más ensordecedores. El fantasma Negro, envuelto en negra capa, se dispone a celebrar otra sicopática velada de horror. Anuncia a Pedro Fadrique de Monroy que va a morir esa noche, pero antes verá morir a sus hijas.
 
El Fantasma Negro manda que traigan a las niñas.
 
Los ojos de Pedro Fadrique de Monroy se inundan de lágrimas cuando ve entrar a sus dos hijas; cuando ve el miedo en sus rostros; y cuando les impiden que se acerquen a él.
 
Los truenos explotan con más y más violencia, como si la electricidad celeste se revolviera contra tanta barbarie.
 
Pedro Fadrique de Monroy, preso de la angustia y la impotencia, se lleva la mano al pecho y cae fulminado, muerto de horror, a los pies del fantasma Negro. El Fantasma Negro no tiene tiempo ni de esbozar una mueca de decepción ante aquella muerte adelantada, porque en ese instante estalla otro trueno y la bóveda de la torre cae sobre todos los presentes. No hubo supervivientes.
 
Dicen que es muy improbable que un rayo caiga dos veces en el mismo lugar, pero aquella noche todos los rayos del cielo cayeron sobre el palacio de la torre del Clavero. El palacio desapareció entre explosiones y fuego. Y cuentan que desde entonces, la torre del Clavero se alza aislada y sola en la plazuela de Colón…
 
En la Nochebuena del año 1448, cuenta Matilde Cherner, que en el interior de la torre del Clavero se encontraba llorosa la joven Leonor. Su padre, Sancho Abarca, clavero de las órdenes militares, se dispone a casarla esa misma noche con Nuño Lara.
 
Leonor ama desde hace años a Ramiro, heredero del señor de las Cuatro Torres. Un amor correspondido pero imposible, porque Leonor y Ramiro pertenecen cada uno a un bando de los que se enfrentan en la sanguinaria guerra de bandos salmantina.
 
Leonor que de adolescente prometió ante Dios ser de Ramiro o si no monja, no va a permitir que la casen con otro hombre y ha enviado mensaje a Ramiro para darle a conocer las intenciones de su padre.
 
Ramiro acude al rescate, y en compañía de sus dos soldados más fieles se interna en territorio enemigo. El plan sale bien. Leonor lanza por una ventana de la torre del Clavero un cordón de seda. Ramiro ata al mismo una escala de cuerda, y Leonor afianza fuertemente la escala a la ventana. Por la escala sube Ramiro a buscarla y juntos descienden por la fachada de la torre del clavero, semiocultos por la oscuridad de aquella neblinosa nochebuena.
 
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En el palacio de las Cuatro Torres (hoy Torre del Aire) se han hecho todos los preparativos para celebrar una boda que aunque precipitada responda en lo posible a la altura nobiliaria de los contrayentes.
 
Cuando Leonor y Ramiro empujan la puerta de la ya desaparecida parroquia de santa Eulalia, los padres de Ramiro y el sacerdote los están esperando. La boda se celebra. El joven matrimonio se dirige después al palacio de las Cuatro Torres, el nuevo hogar de Leonor.
 
Al calor de la comida y la bebida del banquete, se van calmando los nervios de las prisas, se van levantando las nieblas de una boda con la hija de un enemigo, y se empieza a agitar el ánimo cada vez más festivo. Ramiro sonríe a Leonor. Leonor también le sonríe, pero no logra desleír el nudo de la garganta. Se ha casado contra la voluntad de su padre. Su severo padre. Se esfuerza en recordar la autoridad déspota que iba a casarla sin remedio con Nuño Lara. Pero lo único en lo que Leonor puede pensar es en las tardes de verano infantiles que jugaba con su padre; y en que se ha casado sin él…
 
El bullicio de la fiesta es interrumpido por gritos, y golpes. La culpabilidad y la pena de Leonor se transforman de pronto en miedo. Un miedo violento que la hace temblar. Sancho Abarca el orgulloso no aceptará jamás el matrimonio de su hija con un enemigo, y buscará venganza. Esos golpes, ese ruido, es él; seguro que es él…
 
La aterrada mirada de Leonor se clava en su padre que armado entra en la habitación desafiando a Ramiro.
 
Ramiro le hace frente. Leonor se pone entre los dos. El padre de Leonor vacila. Mira a su hija, y reta a duelo a Ramiro. Ramiro contempla los ojos de Leonor llenos de lágrimas y no responde al desafío. No va a batirse en duelo con el padre de su esposa. Leonor respira agradecida y por primera vez nota que el terrible nudo de la garganta que la ha acompañado todo el día empieza a deshacerse. Pero al contemplar los enrabietados ojos de su padre comprende que no hay solución. La ira deforma el rostro de Sancho Abarca. Leonor no se atreve a moverse.
 
Antes que nadie pueda hacer nada para evitarlo, Sancho Abarca saca la daga y la hunde en el cuerpo de Leonor. Antes muerta que casada con un enemigo. Leonor cae al suelo sin vida. Ramiro, ciego de dolor se lanza desarmado contra Sancho Abarca, y la daga se hunde también en su cuerpo.
 
Los normas y preceptos de Caballería son los que permiten que Sancho Abarca salga con vida del castillo de las cuatro torres llevando consigo el cuerpo de Leonor.
 
El señor de las Cuatro Torres, y el señor de la Torre del Clavero son caballeros muy poderosos en sus respectivos bandos. Y ambos frentes saben que al día siguiente habrá batalla.
 
Mientras la Nobleza salmantina se prepara para el combate, el clero charro no está dispuesto a permitir que también el día de Navidad corra la sangre.
 
Al día siguiente, las tropas de uno y otro lado avanzan hacia el Corrillo de la Hierba (hoy la plaza del corrillo) Allí se detienen uno y otro bando, observando al contrario en espera de la orden de ataque.
 
Pero una inesperada procesión les interrumpe. Los sacerdotes de la iglesia de san Adrián, que preparaban el entierro de Leonor, y los sacerdotes de la iglesia de santa Eulalia, que preparaban el entierro de Ramiro, se han unido capitaneados por fray Juan de Sahagún. Llegan al Corrillo de la Hierba. Juan de Sahagún se enfrenta a los dos bandos, señala los cuerpos sin vida de los dos jóvenes, y comienza un valiente discurso que conmueve el ánimo de los caballeros. Por fin, tras años de enfrentamientos, se firma la paz.
 
Cuenta la leyenda que Leonor y Ramiro fueron enterrados juntos en la iglesia del convento de Trinitarios Descalzos (hoy iglesia de san Pablo), y que Sancho Abarca vivió el resto de sus días con el terrible peso de haber asesinado a su propia hija, entregado al arrepentimiento y la oración. Legó su palacio a una orden religiosa, y solamente quiso conservar la torre, en recuerdo de Leonor. Y ahí sigue desde entonces la torre del Clavero, en una esquina de la plaza de Colón, en la calle del Consuelo, quien sabe si el mismo consuelo que Sancho Abarca no mereció...
 
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Cuentan también que la torre del Clavero tuvo un pasado carcelario. Dicen que fue prisión de dos portugueses que asesinaron por encargo a Inés de Castro, amante del rey de Portugal. Los que cuentan esta historia afirman que fueron detenidos en Salamanca y encerrados en la torre del Clavero hasta su traslado a Lisboa, donde fueron ejecutados.
 
¿Pero de dónde viene el nombre de la torre?
 
Si buscamos “Clavero” en el Diccionario de la RAE encontramos que la definición recoge las dos posibles explicaciones del nombre de la torre
1. m. y f. llavero (persona que custodia las llaves).
2. m. En algunas órdenes militares, caballero que tenía cierta dignidad y a cuyo cargo estaba la custodia y defensa del principal castillo o convento.
Para la mayoría de estudiosos de la torre, el nombre le viene de que su (posible) propietario (Francisco de Sotomayor) tenía el cargo de Clavero de la Orden de Alcántara. El otro posible propietario al que apuntan los entendidos (Diego de Anaya) fue caballero de la misma orden.
 
Otros sin embargo, cogen la acepción más literal y explican que la torre era nada menos que “el llavero de la ciudad”. Porque en la torre del Clavero vivía el encargado de custodiar las llaves de las puertas de la amurallada Salamanca.
 
Jacinto Vázquez de Parga, a quien ya citamos en la entrada anterior, explica:
Sobre ella habría que discutir mucho. La llamada actualmente Torre del Clavero fue el solar de los Sotomayores, Sres de Baños, y en ella dormía el guardián de las llaves de la ciudad, que a la madrugada entregaba para abrirlas a los guardas de las distintas salidas de la muralla.
No sabemos cuánto tiempo vivirían en la torre del Clavero los llaveros de la ciudad, lo que sí sabemos es que la costumbre de abrir y cerrar las puertas de la muralla se mantuvo vigente hasta el siglo XIX. Lo cuenta Vázquez de Parga:
Yo he conocido a Salamanca murada, en la que había dos puertas principales, la de San Pablo y la de Zamora. Estas salidas quedaban abiertas en verano hasta las nueve y el Portillo hasta las diez; en el invierno se cerraban las puertas a las ocho y el Portillo a las nueve. Las demás salidas de la muralla, por San Bernardo, los Milagros, Santo Tomás, Villamayor y Sancti-Spiritus quedaban clausuradas al tránsito público al toque de oraciones. […]
Se salía habitualmente en los días del invierno a tomar el sol a la Puerta de Santo Tomás, junto al antiguo convento de las Bernardas. La gente paseaba por aquel descampado hasta el toque de oración, que salía el guarda de la puerta, agitaba el llavero sonoramente y pronunciaba la frase de ritual: <<¡Que se va a cerrar!>>
Aquellos salmantinos, al escuchar el tintineo de las llaves, darían muy amables las buenas noches al guarda de la puerta, y verían natural que Salamanca se cerrara al oscurecer.
 
Y es que la torre del Clavero remite a tiempos de vigilancias, guardianes, llaves y defensas. Y a momentos en los que después de cenar nos aseguramos de candar bien las puertas de casa, y en lo oscuro de la noche confortaría algo pensar que un guardián de las llaves ha cerrado bien las puertas de la ciudad…
 
Como si los monstruos vinieran siempre de fuera, como si el peligro viniera siempre de lo desconocido, como si cerrando bien las puertas se pudiera uno salvar de los naufragios cuando llegan...
 
¡Señores, que se va a cerrar! Y las puertas de la muralla se cerraban a lo oscuro. Más allá, monstruos. Non plus ultra. Tranquilidad.
 
La torre del Clavero con sus leyendas de miedo y su guardián de las llaves nos habla de precaución y de peligros, de monstruos en lo oscuro. Menos mal que desde el centro de la plazuela, la estatua de colón pone un poco las cosas en su sitio, señalándonos la conveniencia de explorar los nuevos mundos que (queriéndolos o no) se nos vengan encima.
 
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Porque más allá no siempre hay monstruos. Y porque por muy tranquila y bonita que sea nuestra torre, por muy familiar y defensiva que nos resulte, hasta la torre del Clavero tiene su punto de cárcel…
 
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BIBLIOGRAFÍA
  • El Fantasma Negro. Episodio de la guerra de los Bandos. Telesforo Gómez Rodríguez. Revista Contemporánea. 15 de septiembre de 1886
  • La torre del Clavel. Episodio de la guerra de los bandos de Salamanca. Rafael Luna (seudónimo de Matilde Cherner). La Mañana. Periódico Político y Literario abril y mayo de 1879
  • Álbum salmantino  semanario de ciencias, literatura, bellas artes é intereses materiales 5 marzo de 1854
  • Noticiero salmantino  diario imparcial de la tarde. 25 de mayo de 1898
  • Salamanca Arte e Historia. Ramón García Martín. Ediciones desde la calle Chile. Puede descargarse aquí
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