Las ferias de septiembre. Diversiones de nuestros bisabuelos

Llegaron otro año más las ferias de septiembre. El circo, el tiovivo, la noria y la casa del terror regresaron a la Aldehuela que volvió a oler a algodón dulce y a manzanas de caramelo. La calle dejó de ser nuestra y otra vez la ocuparon el padre Lucas, la Lechera y las casetas con pinchos variados, litros de cerveza y tintos de un verano que se termina.

La culpa de todo este tinglado la tiene Enrique IV. Cuentan las malas lenguas que Enrique IV y su vida alegre traían a mal traer a muchos de sus súbditos, convencidos de que el rey estaba más pendiente de sus asuntos amorosos que de los asuntos de España. Sectores descontentos de la nobleza toman la decisión de levantarse contra el rey. En aquellos tiempos se las gastaban así.

En Salamanca, caballeros del bando de san Benito se rebelan contra Enrique IV y se adueñan del Alcázar de san Juan (cuyas ruinas aun resisten en lo alto de la Peña Celestina). Las fuerzas leales al rey lo recuperan, y para evitar que nuevos rebeldes se hagan fuertes en tan estratégico enclave, no tienen mejor ocurrencia que destruir la fortaleza.

El 27 de agosto de 1467 Enrique IV, feliz de haberse librado por fin de aquel nido de rebeldes, premia a Salamanca con las ferias que hoy disfrutamos (o sufrimos según el día o el estado del humor.) En aquel tiempo el rey la bautiza Feria Franca, y establece que durará desde el 8 hasta el 21 de septiembre.

A partir de ese momento, durante los días de feria se dan cita en Salamanca mercaderes de diferentes localidades. Los privilegios y exenciones que Enrique IV concede a nuestra Feria Franca la hacen muy popular y la sitúan a la altura de las más importantes del reino.

Desde finales del siglo XIX, la prensa histórica no ha parado de vaticinar la desaparición de la feria de septiembre por la progresiva pérdida de su utilidad económica (cada vez eran menos los que venían al mercado de ganados y más los que venían de fiesta. Se ve que a Salamanca le viene de muy largo la fama de fiestera).

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Pero el lado fiestero de la feria también ha sido objeto de crítica por parte de la prensa histórica: que si ferias que no parecen ferias, que si ferias que parecen siempre la misma feria… Y algo de razón no les faltaba, porque echando la vista atrás, las ferias de Salamanca siempre han sido la misma feria. Si pudiéramos viajar en el tiempo a la Salamanca de nuestros bisabuelos, comprobaríamos el sorprendente parecido de sus ferias y las nuestras. Y es que hay cosas que nunca cambian, o que cambian poco.

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A finales del siglo XIX y principios de XX para ver los fuegos artificiales tendríamos que ir al campo de san Francisco, a las eras de las Carmelitas, o a la Alamedilla. Lugares donde según la prensa los charros quedaban “extasiados ante los cohetes y las ruedas de fuego”. Pero para ver este espectáculo tendríamos que salir de casa un poco antes que en la actualidad, porque los fuegos artificiales comenzaban a las ocho y media de la tarde.  En 1917 comenzaron ¡a las siete y media! ¿sería ya de noche a esas horas? Los pirotécnicos al principio eran locales. Más tarde los fuegos provenían de Palencia, de Zaragoza y alguna vez se anunció en los programas fuegos del Japón.

Si después de los fuegos quisiéramos ir a un concierto tendríamos que ir, como hoy, a la Plaza Mayor. No tenían que levantar un escenario porque en el centro existía un templete. Y a falta de un Carlos Jean subían al templete a la banda de algún regimiento militar, o a la sección de cornetas del muy conocido entonces batallón infantil.

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El chavalín de la foto fijo que cuando terminaba de soplar la corneta no se perdía la salida de los cabezudos. Recorrían ya entonces las calles, como hoy, precedidos por las carreras de los niños. Aunque hoy los niños ya no griten aquello de: ¡El padre Lucas y la Lechera! Gritos que hasta hace bien poco todavía se escuchaban.

En 1910 el Adelanto describe así la diversión de los cabezudos:
Una lechigada de chiquillos, la mayoría provistos de palos, corren delante de las gigantillas.
—Padre Lucas, padre Lucas y la Lechera.
Así recorren la ciudad desgañitándose […] 
Algunos llaman al padre Lucas por el mote [el redactor se está refiriendo al mote “padre putas”, de la historia que da origen al lunes de aguas] , y las gentes se ríen, haciendo comentarios. 
Y esto es tonto, y esto es cansado para los chicos y molesto para los grandes y los chicos dan mucho ruido y rompen muchos zapatos, pero es muy salmantino, y yo miro con algo de compasión al que no siente hormiguero al ver pasar las gigantillas y no recuerda con gusto una época de su vida, en que se divertía, corriendo despavorido de unos pobres obreros aplanados por el peso de un disfraz irrisorio. 
Se ha hablado mucho contra las gigantillas, y quizá por esto, no han desaparecido; yo no me atrevo a pedir que continúen, porque quizá si lo pido, desaparezcan, pero me dolería mucho que desaparecieran un año, y más me dolería ver que salían a la calle y los chicos no las seguían a todas partes. 
¡Vive el cielo, que esto no será! Y que si los chicos se cansan y se hacen formales, nos dedicaremos los grandes a hacer de chiquillos, y tendremos derecho a mirar con desprecio a los chicos. 
Juan de Salamanca
Y vive el cielo que las gigantillas no han desaparecido. Si pudiéramos charlar con Juan de Salamanca habría que decirle que ciento dos años después de su artículo las gigantillas siguen saliendo a la calle a perseguir a los niños, y que los niños aún no se han vuelto formales. Y que ciento dos años después de su artículo los grandes seguimos igual sin tener derecho a hacer de chiquillos. Qué faena…

cabezudos desenfoque 2


En 1913 Juan de Salamanca nos regala otra descripción de los cabezudos:
[…] ¿Quién informa a los chicos del sitio donde viven las gigantillas? Misterio: el Ayuntamiento no se ocupa de avisar, pero al poner el pie en la calle las gigantillas, ya está esperando una nube de chicos. ¡Qué nube la de ayer! A las diez de la mañana desembocaron en la plaza Mayor todos los chicos de Salamanca. Sobre las varas enarboladas de los muchachos apareció primero una enorme cabezota, cubierta con blanca cofia, y las voces de los muchachos atronaron los aires.

Bailaron un rato a la puerta del Ayuntamiento las gigantillas, y al terminar la danza, salieron corriendo los muchachos por la calle de Zamora.

<<Padre Lucas y la lechera, bebe leche cuando la quiera>>.

El viejo cuplé se repite con el conocido estribillo: 
<<Marroquín, Ma-rro-quín>>.

Son admirables estos buenos obreros municipales, que se contentan con un vaso de vino y una pequeña gratificación.

¿Cómo no les ha dado por sablear a todo el mundo aquí, donde todo el mundo sablea?
Si alguien piensa que exhibir un globo aerostático en la plaza Mayor es novedoso, se equivoca. En 1906 ya podríamos presenciar en la plaza mayor exhibiciones de globos aerostáticos.

Los espectáculos a base de bicicletas llevan también mucho tiempo metidos en nuestras ferias. Desde finales del siglo XIX se podían ver carreras de velocípedos en la Carrera de la Glorieta.

En 1885 ya se realizaba una apertura gratuita de los museos y edificios públicos de la ciudad. Sólo que entonces duraba todos los días de feria. Así que nuestra actual jornada de puertas abiertas no es más que una descendiente roñosa de aquellas dos semanas enteras de puertas abiertas.

Las exhibiciones de vuelos acrobáticos también fueron cosa del pasado:  el 9 de septiembre de 1914 a las cinco de la tarde, un monoplano evolucionó admirablemente sobre las cabezas de los asombrados salmantinos.

Las atracciones de feria se han situado en diferentes lugares. En tiempos estuvieron en la plazuela de la Libertad, de ahí pasaron a la plazuela de los Bandos, emplazamiento que fue objeto de mucha crítica porque los ruidos de la feria, incluidos los rugidos de las bestias africanas que se exhibían, molestaban a los inquilinos del Hotel Comercio, situado donde hoy está el vacío edificio del Banco de España. Más tarde trasladan las casetas de feria a la plaza del Mercado, y a principios del siglo XX se decide que el mejor lugar es la Alamedilla ya que aquello era entonces ni más ni menos que las afueras de Salamanca.

Si nos adentráramos en la Alamedilla de principios del siglo XX para dar un paseo entre las atracciones de feria, podríamos echar un vistazo a los juguetes que se vendían: muñecas, tambores, caballos, sables, trompas, aros, pitos, tirinenes. Podríamos consultar nuestro futuro a la Cabeza que dice la suerte o al Averiguador Universal, un hombre que proclama sus dotes de adivinador y que se ayuda de un aparato calificado en la prensa como “muy sugestivo”, y que al final entrega sus predicciones en un misterioso sobre cerrado. Con el futuro bien guardado dentro del sobre pesándonos en el bolsillo, se podría uno desfogar jugando al Tiro de argollas, o al Tiro al pichón, o subiendo a la rueda de caballitos, o a las barcas (“columpios en forma de barcas donde “las mozas chillan como si las pincharan”), sumergirnos en el tubo de la risa, contemplar a un hombre que mastica estopa encendida, endulzarnos la vida con unas pastillas de café, o ir al Caramelero y comprarle “una de esas cosas tan largas, tan largas, que se estiran como si fueran de goma, y que saben tan ricas.” Mucho después, en la Alamedilla de los años cincuenta, podríamos subir a la montaña rusa, hacer un Viaje al infierno y entrar en la Gruta de las Maravillas.

No tener una mula, o un buey que vender, o no tener que comprar algún apero de labranza no era excusa para no visitar el mercado de ganados en el Teso de la feria; cada vez menos animado con el correr de los años.

ferial de mulas

 

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El 11 de septiembre de 1916 el Adelanto nos describe el mercado de ganados:

La visita es interesante. Pasada la calle de San Pablo y llegando al puente Nuevo, la meseta del Teso aparece como una negra montaña, con sus altibajos y sus manchas de diferente color. Pasáis el puente, lanzando una mirada de terror al verdoso Tormes, seguís a saltos por la carretera, que están cubriendo de guija, y entráis en el Arrabal. Un par de gitanos, juncales y pintureros, salen a daros la bienvenida, como si entrarais en sus dominios. Unas vecinas se pelean a voces porque a una le faltan unas gallinas. Pasan unos coches de curiosos que nos han cogido la delantera, Subís una cuesta, a cuyo final se destaca la figura de dos camineros y estáis en el Teso.

Unos vendedores de sandías preparan el puesto mientras las señoras se acicalan.

Unos pasos más y estáis en pleno ferial.

Una amplia meseta. Al frente, Salamanca, con la masa abrumadora de su Catedral y sus caras desconchadas. A la izquierda, el Cementerio, y abajo, los árboles del Tormes, que ponen unas graciosas pinceladas de verde.

En el Teso, vendedores de la provincia, montados en voluminosas yeguas, lechuzas, que saltan y corren como cabras o que vienen y se pegan cariñosas a los costados de las madres. Compradores extremeños, con sus largas varas.

Vean ustedes este grupo: Un charro de blusa y calzón ha entrado en el ferial. Monta soberbia yegua alazana, y le sigue, dando saltos, una lechuza negra y vivaracha.

Siete compradores les salen al encuentro. Sin examinarla, sin mirarla siquiera, el primero que llega se dirige al charro y con tono de querer abreviar:

—¿Cuánto va a valé, amigo?

—Mil quinientos.

—Diga usted mil docientos, que lo quiero yo oír.

El vendedor <<tiene palabra de rey>>. Pica a la yegua y deja al comprador <<con tantas>>.

Van y vienen nuevos compradores, disputándose la mercancía. Unos <<romanones>> intervienen en una disputa. Casero, el teniente de la guardia civil, pasa a caballo, acompañado de un veterano.

No se ve ni una muestra de gitanería.
Siguen los tratos, apretando cada vez más los compradores y haciéndose más interesantes los que venden. La lucha está empeñada entre Extremadura, y Salamanca. Los vendedores son todos salmantinos y los compradores todos extremeños […]
Unos extremeños han terminado un trato. Del bolsillo saca el comprador unas pequeñas tijeras y con ella hace unos cortes a la lechuza en el rabo. Es la señal.

Hoy , lunes, irán todas al embarcadero. Unos mozos las meterán en los vagones y mientras la yegua lanza lastimeros relinchos, el charro que la monta, golpeará los bien ganados duros.

Juan de Salamanca
Una actividad estrella de antaño que hoy se ha perdido son los bailes. Muy a tono con el clasismo rabioso de aquellos periodos, se organizaban bailes populares para el común de los mortales en plazas y plazuelas de la ciudad, y bailes de sociedad para los miembros de las familias de mejor renombre y posición. En este viaje que estamos haciendo al pasado de las ferias, no tengo claro si tendríamos alguna posibilidad de entrar en aquellos bailes de sociedad para ver cómo eran. Me da la impresión de que iban todos por invitación y tendríamos que tener algún amiguete entre lo más granado de la Sociedad salmantina.

Estos bailes se celebraban en el Casino, y en salones y círculos de recreo como el llamado Salón artístico salmantino, o en la Sociedad Unión Mercantil, o en el salón oriental o el Circulo de la Perla…

En El Semanario Salmantino. Periódico artístico-literario nos cuentan un poco de cómo eran aquellos bailes de sociedad:
[…] ha habido un baile en el Casino.

Y un baile en estos tiempos, significa más de lo que ustedes se presumen […]

Un baile es la exposición de la belleza; pero de la belleza voluptuosa, incitante, arrebatadora; porque allí todo es aéreo, fantástico y vaporoso.

Sombras chinescas se agitan en el espacio; las damas sonríen al caérseles una flor de la cabeza o al sentir que las pisan la cola del vestido; pero con esa sonrisa de mujer que parece decir: <<¡Te veo, besugo!>>.

Un baile es la feria de los corazones; allí se vende todo, se estudia todo, hasta la menor mirada; la que se lanza con el rabillo del ojo o la que, aparentando la expresión más suave del pudor, parece observar los caprichosos dibujos de la alfombra que pisan zapatitos de raso y acaso botas de charol y hasta de becerro mate.

Y por fin viene la crítica.

Y la crítica cuenta las flores de la cabeza, corta los vestidos, da lustre a las botas, observa recosido el raso de los zapatos y en una palabra le desnuda a uno hasta la camisa.
¡Y después de todo dirán ustedes que un baile no tiene sus atractivos!...
Los bailes populares de las plazuelas no serían tan aéreos ni vaporosos como los de la alta sociedad, pero la crítica fijo que también lo observaría todo, y la feria de corazones se desarrollaría con la misma intensidad entre los árboles de las plazuelas que entre las lujosas paredes de aquel Casino.

Y llegamos como no puede ser de otra forma a la Glorieta. Toda la feria salmantina desembocaba en la Glorieta. Los toros, hasta no mucho, fueron los espectáculos centrales y los que más visitantes arrastraron a la feria salmantina. Desde finales del XIX hasta los años cuarenta o incluso cincuenta del siglo XX y a lo mejor algo más, toros y toreros  gozaron de un fervor semejante al que hoy tienen los partidos de la Roja.

Así se hablaba de los toros en 1886:
Corridas de toros. —¡¡¡Oh!!! El labio enmudece y la pluma se paraliza.
Esta sección del programa eclipsa a todas las demás.

¡Toros! ¡Qué gusto, Dios mío, toros!

Pepe Iñigo es el héroe de las fiestas, el dios de la provincia, el magnánimo protector del comercio y la industria local, el barómetro de los intereses comerciales y del ánimo de los vecinos; es, en fin, el empresario de la Plaza de Toros.

Sin Pepe no seríamos ná; ni habría feria, ni forasteros, ni alegría, ni transacciones, ni siquiera dinero, porque hoy sólo se hace el milagro de la resurrección del dinero ante la perspectiva de una corrida de toros; los más famélicos y el más caracterizado bohemio, tienen dinero para un tendido, aún cuando haya que tender la ropa de cama en la percha común, vulgo Monte de Piedad.

Además el que no va a los toros, pierde la nacionalidad, pues sabido es que el que no va a la plaza, no es español […]

Una entrada para la corrida, tiene más carácter oficial que la cédula personal y que la inscripción en el Registro civil.

[…] Está declarada esta fiesta, la fiesta nacional.

Por eso nos extraña ver nuestro escudo sin una ganadería, aunque figurase en una lontananza, como si fuera la esperanza de nuestro porvenir, o la salvación de la patria..

Yo no sé por qué se dice pan y toros; debiera decirse toros y pan; los toros primero y lo último el pan. ¿Quién piensa en comer?

Parodiando la frase de un célebre marino, decimos por acá: más quiere España toros sin pan que pan sin toros. ¿Qué falta hace la vida si no hay toros?

[…] De todos modos el bienestar es seguro, porque para todos los males que puedan sobrevenir, tenemos en Pepe Iñigo la panacea, toda vez que hay toros.
¿No podríamos dedicar hoy un párrafo igual de irónico al fervor futbolero?…

Que el público acudiera en masa a las corridas de toros no significa que no hubiera entonces defensores de vaquillas, novillos y toros. Y aquellos activistas de antaño eran más audaces que los de hoy, porque eran capaces de infiltrar su mensaje en los mismísimos programas de toros de las ferias.

Programa de toros de1956:

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Después de los toros, era seguramente el teatro el que traía a Salamanca más visitantes de la provincia. Si actualmente los toros están de capa caída, el teatro tampoco es que vaya muy bien. No hace falta nada más que mirar a nuestro alrededor para ver cuántos de nuestros teatros resisten en pie. El Liceo y…ya. Bueno, está el CAEM para los musicales. Nuestros abuelos y bisabuelos tenían posibilidad de ver mayor variedad de compañías y más teatros. Los más veteranos el Liceo y el Bretón. A los que se unirían más tarde el Moderno, el Coliseum, el Taramona.


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En las ferias de 1913 vino a Salamanca la actriz Peligros Pujol, una tiple cómica que interpretó en el Bretón uno de los personajes de la opereta Los cadetes de la Reina. A Peligros Pujol la describen los periódicos con cabellos rubios madrigalescos, linda y circunspecta.


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A Peligros Pujol no le molesta en absoluto la incomodidad de los camerinos del Bretón, que ese año estaban en proceso de reforma. Y confiesa  a los reporteros salmantinos nada menos que “añora un mundo que aún no ha encontrado”…

No vamos a preguntarnos aquí cómo es posible que hace nada tiraran el teatro Bretón y todas sus historias. Seguramente la respuesta a esa pregunta es la misma que explicaría cómo es posible que años atrás tiraran el teatro Moderno en la cuesta del Carmen… Se ve que en Salamanca lo de tirar teatros se le da bien a cierta gente…


teatro moderno
 Teatro moderno

Hay festejos de nuestros bisabuelos que no han resistido el paso de los años y no han llegado hasta nosotros:

Las sesiones de cinematógrafo al aire libre. Se celebraban en diferentes plazuelas públicas de la ciudad. La proyección se realizaba sobre alguna pared blanca de algún edificio de la plazuela.

Las cucañas que se colocaban en plazuelas de la ciudad. Un palo de varios metros de altura untado de sebo, por el que los participantes debían ascender hasta llegar al final para conseguir el premio, que podía ser un jamón o un premio en metálico.

Diálogo sobre las cucañas publicado en El Adelanto 18 de septiembre de 1908:
¿Y las cucañas? (Diálogo callejero)

—¿Oiga amigo?

—¿Qué desea?

—Me hace usted el favor de decir en qué lugar han sido colocadas las cucañas? […] Esas que se anunciaban en el programa de festejos para ayer, hoy y mañana […] se lo pregunto porque ya estoy cansado de dar vueltas y revueltas por la ciudad, en busca de ellas. Soy, ¿no lo sabe usted?, soy gran aficionado a trepar por esos palos y a hacer equilibrios en la del triángulo (aquella célebre cucaña del Corrillo), y como me gustan esos entretenimientos, que al fin y al cabo tienen su provecho, me dije, digo: vamos en busca de las cucañas, y en la primera que vea ¡zas!, me lanzo, palo arriba, a luchar contra el sebo y a estropear un traje… ¡Si usted supiera dónde están!...
Donde ya no están las cucañas es en el programa de nuestras ferias.

Tampoco han llegado hasta nosotros actividades tan curiosas como “carreras de paraguas con premios en metálico para muchachos de 8 a 14 años” que se programaron en el año 1885, o un festival de carruajes en la avenida de Mirat en 1907, o una curiosísima “carrera de camareros” programada en 1942.

Por lo menos entre el año 1907 y 1914 el Ayuntamiento de la ciudad realizaba un extraño certamen: El premio Gómez Arias. Se publicaban las bases a finales de julio, y se concedía el premio en plenas ferias. Consistía en una dote que se entregaba a mujeres jóvenes a punto de casarse.

Dejando a un lado el machismo implícito en el concepto “dote”, hay otros aspectos que también hacen polémico este premio:

Bases del concurso:
Pueden presentar sus solicitudes en la secretaría de este Ayuntamiento, desde esta fecha hasta el 1º de Septiembre próximo, las jóvenes que deseen optar a aquélla y que siendo naturales de esta ciudad o sus arrabales y residentes en los mismos reúnan las condiciones que se expresan a continuación, que deberán justificar en debida forma: 
Buena constitución física, robustez, salud, belleza o gracia, primera instrucción, conducta arreglada y edad de quince a veintitrés años, la cual deberá unirse civil o canónicamente con hombre de buenas costumbres, también sano, robusto y bien parecido, y que como ella sepa leer y escribir y que no la exceda en edad de dos a ocho años, siendo preferidos los hijos de la misma ciudad o provincia y después los forasteros, pero todos establecidos en Salamanca y con preferencia en la calle del Jesús o parroquia a que pertenezca esta calle en igualdad de condiciones.
No sé cómo las participantes justificarían “en debida forma” su estado saludable, su robustez y belleza, así como la salud de su futuro cónyuge, su robustez y su belleza. Ni cómo deliberaría el jurado para elegir a la robusta, saludable y bella joven ganadora. Lo que está algo más claro es que este concurso tenía ciertas intenciones eugenésicas. Y no lo digo yo, lo dice Raquel Álvarez Peláez en su estudio “Origen y desarrollo de la Eugenesia en España”.

Al parecer el Ayuntamiento salmantino quería promocionar la unión entre jóvenes sanos y bien parecidos para favorecer el nacimiento de charros sanos, y guapetones. Estaría bien saber cómo de robustos y guapetones eran los miembros de la corporación municipal y los miembros del jurado de este premio…

Y entre concursos, carreras, teatros, toros, casetas y cabezudos llegamos al final de las ferias. Ya sólo nos queda el día 21, la Tornaferia.

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El 21 de septiembre vuelve la fiesta. Salen los cabezudos, y hay corrida en la Glorieta. Salimos de paseo y sabido es que en Salamanca todos paseante pasa por la Plaza.

Los paseos por la Plaza Mayor eran también una tradición de nuestras ferias. Hasta el punto de que los programas de ferias de principios del siglo XX recogían el tradicional paseo por la plaza como otro acto más de ferias.

Por la mañana el paseo comenzaba a las doce. Por la tarde, el paseo comenzaba después de la corrida. Las mujeres caminaban en un sentido y los hombres en el contrario. Los acerones exteriores para la gente joven, la zona cubierta para los mayores…

Salamanca, 21 de septiembre de 1913:
Luce alegre el sol, sopla un vientecillo agradable y llegan los trenes atestados de forasteros. Las calles dela población se llenan de caballeros y peatones, las posadas estallan de gente que ocupa las calles próximas. La plaza Mayor es un hervidero de gente que llena los jardines y voltea bajo los arcos.

Dan las once. Un cochero restalla la fusta, se oye el cascabeleo de unos caballos y la voz se repite incesante: <<Al apartao, al apartao>>.

A las doce la banda El 1º de Mayo sube al templete y empieza el paseo a los acordes del pasodoble. Sigue llegando gente a la plaza y el paseo se interrumpe a cada paso, lo cual contribuye a hacerlo mas agradable para los entusiastas del estrujón. En la plaza está toda la provincia. Muchachas de la capital con unos trajecitos preciosos, salvando la opinión de los papás. Tíos de vara larga y tachuelas de a libra. Las mozas de la cadeneta que han salido cogidas del pueblo y cogidas tiene que volver, para lo que repiten a cada paso lo de <<no sus desagarreis>>…

Un vocerío ensordecedor anuncia que va a comenzar un festejo. Los chicos corren hacia el ángulo de la calle Pérez Pujol. Un hombre sube en unas escaleras. ¿Qué pasa? Que van a elevarse unos globos.

Esto de los globos no tiene grandes atractivos. […] Un globo […] que se empeña en dar un disgusto a los que se empeñan en elevarlo. […] Por fin sube hasta el último piso de la acera de Correos, y allí, como cansado del esfuerzo, se tumba panza arriba en una cornisa […]

Un globo se quema; las pavesas vuelan por el aire como una bandada de vencejos, mientras un puñado de programas que ha lanzado un anunciador se confunde con ellas, como otra bandada de palomas blancas.

Después de comer se llenan los cafés hasta que llega la hora de la corrida. Al terminar es imposible dar una vuelta por la plaza. Al llegar al arco de la calle de Zamora he visto sacar un niño de entre la multitud como si lo sacaran del agua. El pobre chiquin se ahogaba.

Sigue el volteo en la plaza hasta que comienza el desfile hacia la cena o hacia los cines. En la Alamedilla, fuegos artificiales y la traca que tanto gusto dio en los días pasados.

Con lo cual terminan los festejos que claro que han sido malos, porque si nos dejaran pediríamos la luna y estos han estado muy lejos de lo que pediríamos.

Juan de Salamanca
Y así termina nuestro viaje en el tiempo a las ferias de nuestros bisabuelos. Una pena que un siglo de distancia nos impida invitar a Juan de Salamanca a una cañita con bravas, en agradecimiento a lo bien que nos ha hecho de guía por entre el barullo de la feria Salmantina.


BIBLIOGRAFÍA
  • El Adelanto. Diario de Salamanca: 13 de septiembre de 1906; 18 de septiembre de 1908;  2 de septiembre de 1909; 9, 20 de septiembre de 1910; 31 de julio, 9, 10, 21, 22 de septiembre de 1913; 5, 9, 21 de septiembre de 1914; 11 de septiembre de 1916; 7 de septiembre de 1917.
  • El Salmantino. Diario de la tarde: 8 de septiembre de 1907; 10 de septiembre de 1914; 9, 15 de septiembre de 1918
  • La liga de contribuyentes de Salamanca: 5 de septiembre de 1886
  • Noticiero Salmantino. Diario imparcial de la noche: 3 de septiembre de 1898
  • El Semanario Salmantino Periódico artístico literario: 17 de septiembre de 1876
  • El Castellano: 13 de septiembre de 1915
  • El Porvenir. Revista salmantina de política, ciencias, artes,  literatura e intereses materiales: 10 de septiembre de 1871
  • Salamanca museo del Renacimiento.
  • Programas de ferias de Salamanca: 1907,1914, 1917, 1942, 1944, 1954
  • Programas de las corridas de toros de Salamanca: 1953
  • Historia de la ciudad de Salamanca. Bernardo Dorado.
  • “Origen y desarrollo de la Eugenesia en España”. Raquel Álvarez Peláez. Publicado en Ciencia y sociedad en España: De la Ilustración a la Guerra Civil. Consejo superior de investigaciones científicas 1988.
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