El Boyero Mudo. Por Manuel San Martín




EL BOYERO MUDO
(1958)
por Manuel San Martín

Transcripción del texto Julio Pollino Tamayo

     Mi abuelo Juan Andrés tenía un boyero que se llamaba Antonio y era mudo.

     Tenía además varios vaqueros –Jerónimo, Eliezer, José María– pero ninguno de ellos era mudo. Además entre un vaquero y un boyero existía la misma diferencia que entre un toro de lidia y un buey de trabajo.

     Los vaqueros vestían chaquetilla corta y zahones, montaban a caballo e iban armados de garrochas kilométricas. Y cuando se trataba de encerrar las reses o de trasladarlas a otros pastos, los vaqueros silbaban, soltaban palabrotas y escandalizaban a todo el mundo con sus gritos “¡Fuera, toro, fuera!… ¿Adónde vas tú, hijo de perra?… ¡Mal rayo te parta, viejastrón! ¡Ale! ¡Ale! ¡Brrr! ¡Toro, toro!...” Y ganaban dieciocho reales diarios.

     En cambio Antonio el boyero, el que cuidaba del ganado manso ganaba solo diez. No montaba a caballo ni silbaba ni gritaba. Yo empecé por creer que las reses no le daban motivo. Pero cuando tuve cuatro años supe que era mudo y que los mudos no gritan nunca.

     Lo descubrí de una vez para siempre una tarde de agosto que fui a bañarme a la rivera por el camino de los huertos. ¡El camino de los huertos! Sobre el asfalto de mis ciudades de hombre he añorado mucho el polvo de los viejos caminos de mi infancia. El camino del monte, el camino del río, el camino de las viñas, el camino de la fuente, por donde mis padres se hicieron novios; el camino del camposanto por donde marcharon mis abuelos, el único que acaba en un sitio fijo y bastante cercano; todos los demás se alargan indefinidamente, se retuercen, se cruzan, huyen retozando por la llanura infinita, y alguno de ellos, más aventurero, muere aplastado por los automóviles, en la carretera nacional.

     El camino de los huertos era mi camino preferido. Los perales y los cerezos asomaban sus ramas por encima de las tapias y la fruta que servían en casa a los postres me gustaba poco; tal vez por demasiado madura o demasiado fácil.

     Pero aquella tarde de agosto yo sabía que era demasiado tarde para las cerezas y demasiado pronto para las peras de Don Guindo. Si me había fugado, aprovechando un descuido de la chacha, puedo asegurar que en mi decisión no influyeron los árboles frutales que bordean el camino de los huertos. Simplemente había sentido calor y ganas de bañarme. Y como ya sabía por haberlo oído en un corro de mozos el domingo al salir de misa que el mejor sitio para bañarse era el Cahorzo Hondo, yo me dirigía allá por el camino de los huertos que era también el camino del Cahorzo Hondo.

     No quiero decir con esto que al pasar bajo un peral, no me detuviera un momento en la actitud de la zorra aquella del dibujo que había en un libro de mi hermano el curita. Un libro de fábulas que me prestaba algunas veces para ver los “santos”. Pero yo hice algo más práctico que la zorra; hice una de las pocas cosas que yo sabía hacer por entonces: tiré una piedra. La fruta cayó pero tan pequeña y tan dura que ni siquiera me dieron ganas de hincarle el diente. “¡Madera!” –dije–. La tiré y seguí caminando.

     Era maravilloso caminar a los cuatro años. Irse lejos como los hombres, descubrir un sendero desconocido y avanzar por él con una vara en la mano, imitando los movimientos que hacía el señor Médico con su bastón, perseguir los lagartos y las comadrejas, encontrarse un nido, matar un ciempiés y llegar a un sitio tan asombrosamente lejano que no había remedio que tenderse en la hierba a descansar y dejar de ver por un rato el campanario de la aldea. Avanzar más, hasta perder de vista el campanario, hubiera sido monstruoso y suicida de no ir acompañado por alguien de los grandes. Los toros desmandados, los lobos, las brujas, las serpientes y los alacranes, empezaban allí, donde dejaba de verse el campanario, cuando se caminaba solo a los cuatro años.

     Pero yo estaba convencido de que el camino de los huertos era una excepción. El campanario dejaba de verse en seguida, pero estaba allí, detrás de los árboles en eclipse circunstancial.

     Al final de los huertos estaba la rivera donde pacían las vacas mansas y desde allí se veía de nuevo el campanario, y allí estaba el Cahorzo Hondo.

     “¡El Cahorzo Hondo!” –hablé solo. Y la magia de esas palabras me hizo dar una zapateta en el aire, tirar una piedra por lujo sin blanco definido y salir corriendo al “cuatro pies”, otra de mis especialidades por entonces. No había más que golpearse los muslos con las manos, a un ritmo alterno de los pies sobre la tierra y se producía un estrépito parecido al de un caballo al galope. 

     Por el sonido de los cencerros conocí mucho antes de llegar a la rivera que las reses que pastaban allí, eran las de mi abuelo. Esto me entusiasmó más todavía, si es que había algo capaz de entusiasmarme más todavía. Era libre; la chacha había ido a registrar los ponederos de las gallinas y yo entretanto me había convertido en un ser libre. Me iba lejos, hacía sol, podía tirar piedras y dar vueltas de campana en la hierba, iba a bañarme como los grandes, mi abuelo tenía reses, las reses tenían unos hermosos cencerros y yo podía descubrir por el sonido de los cencerros que las reses que los llevaban eran de mi abuelo. Era feliz. Al llegar a la rivera me descalcé y salí corriendo hacia las reses mansas. Muchas de ellas no me hicieron caso; siguieron pastando indiferentes. Otras, las que estaban criando, me echaban una breve mirada inquisitiva, pero en seguida se daban cuenta de mis posibilidades como adversario y volvían a pastar tranquilamente, convencidas de la absoluta seguridad de sus terneros.

     A mí me entusiasmaban los terneros. Ningún juguete me ilusionaba tanto como un ternero de pocos días, inofensivo, mimoso y juguetón. Allí los tenía en abundancia. Me acerqué a uno rubio que se había alejado un poco de su madre e intenté trabar amistad con él. Lo bauticé en el acto: “Pajarito”.

     –Ven, Pajarito, ven…

     Todos me habían dicho muchas veces: “Cuidado con las vacas recién paridas, niño, cuidado con las vacas recién paridas. Son mansas, sí, son mansas. Pero recién paridas “pegan”.

     Así y todo, hasta que no vi acercarse por un lado a la joven mamá de “Pajarito”, y por otro a Antonio el boyero, ambos con cara de pocos amigos, no abandoné mis propósitos de jugar con el ternero rubio.

     Antonio el boyero era un hombrecillo de ojos vivaces, eternamente desafeitado, que llevaba un pantalón de pana clara con remiendos de pana oscura, una camisa que debió ser azul con grandes manchas de sudor en los sobacos y una gorra descolorida y mugrienta cuya visera servía para informar a la humanidad sobre el estado de ánimo de su propietario. Cuando salía de la taberna los sábados por la noche la visera le caía sobre la nuca. Cualquier otro día de la semana, la dejaba caer con negligencia a un lado o al otro. Y solo cuando se enfadaba por algo, la enderezaba bruscamente y se la calaba hasta las cejas.

     Así la traía aquella tarde; pero yo entonces no estaba iniciado en el lenguaje de la gorra de Antonio. Ni siquiera sabía que Antonio era mudo y que los mudos no hablan.

     Por eso quedé desconcertado cuando al decirle “buenas tardes”, el hombre en lugar de contestarme empezó a gesticular y a señalarme con el dedo el camino del pueblo. Yo creí que lo hacía por juego y traté de seguir la broma. Le di a entender por señas que no daba la gana. Que yo venía a bañarme en el Cahorzo Hondo.

     El hombre se llevó las manos a la cabeza y abrió la boca y los ojos en un desmesurado gesto de asombro. Después levantó una mano, marcó un nivel en el aire por encima de su cabeza y la dejó caer sobre la mía.

     A mí me divertía bastante todo aquello. Aquel hombre quería decirme que el agua le cubría a él, cuánto más a un mocoso como yo. ¡Yo lo había entendido! Pero no lo creí. Y por eso negué rotundamente con la cabeza y decidí comprobarlo por mí mismo.

     –Ven y verás –le dije, tirándole por una manga en dirección al río.

     El hombre intentó cogerme por una oreja, pero yo me escabullí y salí corriendo haciendo piruetas.

     –¿A que no me pillas? –le grité.

     Él se puso a perseguirme y yo a burlarle como el ratón al gato hasta que cansado de correr y de reírme a carcajadas, me dejé caer sobre la hierba. Allí seguí riendo hasta que él llegó y se sentó a mi lado. Traía la visera de través y los ojos risueños, pero no reía. Yo oía perfectamente el cantar de una lavandera lejana, el sonido de los cencerros y el ruido del río. Pero él estaba hablando y riendo junto a mí y yo no oía su risa ni su voz. Y de repente tuve miedo.

     Me acordé de que nunca gritaba a las vacas, ni para insultarlas ni para llamarlas por su nombre y de que no me había dicho “buenas tardes” y de que ahora mismo estaba allí con cara de hablar y sin decir nada.

     –¿Por qué no hablas? –le dije, incorporándome sobre un brazo.

     Él se llevó un dedo a los labios y luego lo movió negativamente.

     Yo no acababa de convencerme de que todo aquello no fuese una comedia. Imité el movimiento de su dedo inclinando a un lado la cabeza en gesto interrogativo e irónico. No obtuve otra respuesta que una profunda inclinación de cabeza, seguida de otras cada vez más leves y más tristes. Hondamente intrigado cambié de postura y me senté en la hierba frente a él, dispuesto a pedirle toda clase de explicaciones verbales.

     Para empezar me parecía oportuna aquella frase que me dirigía mi madre cuando teníamos visita y yo me hacía el sordo a ciertas preguntas estúpidas de nuestros visitantes. Por ejemplo, alguien preguntaba: “¿A quién quieres más: a tu padre o a tu madre?”. Yo, hasta que me enseñaron a decir “a los dos igual”, solía callarme como un mulo. Y mi madre después de insistir inútilmente en la necesidad de mi respuesta, decía en tono explicativo: “Parece ser que la ha comido la lengua el gato”. Yo entonces para defenderme de aquella calumnia, sacaba la lengua y la enseñaba descaradamente a nuestros huéspedes con gran escándalo materno y algún que otro coscorrón paterno.

     –¿Es que te ha comido la lengua algún gato? -pregunté, esta vez en papel de juez, a mi silencioso compañero.

     Yo esperaba que él adoptara mi elocuente método de defensa. Pero él se contentó con rascarse una oreja y poner los ojos tristes.

     –¿O es que te han puesto un candado en los hocicos? –continué con mi repertorio familiar.

     De nuevo se llevó un dedo a la oreja, pero esta vez lo retiró en seguida y negó con él.

     –Sordo –pensé. Yo sabía que había hombres sordos y mujeres sordas. Mi abuela por ejemplo, se estaba volviendo sorda con los años. Pero hablando fuerte nos entendía.

     Me puse de rodillas, acerqué mi boca al oído del boyero y grité con todas mis fuerzas:

     –¿Estás sordooo?

     No tuvo el menor sobresalto. Debió pensar que yo le había hecho una caricia y me pellizcó suavemente una mejilla.

     Silencio. De aquel hombre se desprendía un silencio bestial y absoluto, un silencio de rumiante o de árbol. Un silencio inofensivo pero terrorífico para mí, para aquel diminuto yo de entonces.

     Además de un vago terror, aquel silencio me inspiraba una curiosidad creciente y el vértigo inicial de un descubrimiento importante e inesperado. Él debió notarlo porque bajó los ojos y se puso a arrancar briznas de hierba, desolado, tal vez avergonzado. Esto en lugar de conmoverme me envalentonó y arriesgué una mano hasta su barba; después la subí hasta tocar sus labios; él la besó y volvió a sonreír. 

     –¿No tienes lengua? A ver. E intenté abrir su boca. Él me dio un ligero mordisco en un dedo y apartó mi mano suavemente.

     –Así es verdad que te la ha comido el gato -insistí con esa implacable y oscura crueldad de la infancia.

     Y acercando mi boca a su oído le lancé a gritos una de las últimas adquisiciones de mi reducido vocabulario:

     ¡Cafre! Eres un cafre.

     Él volvió la cabeza lentamente, sin duda con intención de besarme. Yo sentí las punzadas de su barba en mi mejilla y un escalofrío de pánico por todo mi cuerpo. Sin duda él solo quería besarme; pero yo sentí un miedo sobrehumano porque Antonio el boyero me estaba resultando una especie de monstruo negro y silencioso.

     Me levanté de un salto y corrí despavorido hasta el camino de los huertos. Allí me detuve y volví la cabeza. Antonio seguía en el mismo sitio, con la cabeza baja, arrancando briznas de hierba.

     La chacha me castigó duramente por mi escapada y sobre todo por haber perdido mis sandalias. Pero no logró saber dónde había estado porque ya no volví a abrir la boca en toda la tarde.

     Por la noche soñé que me estaba bañando en el Cahorzo Hondo. Pero no me bañaba en agua sino en una especie de lodo negro que me entraba por la boca y me impedía gritar. Me estaba ahogando y no podía gritar. Y vi al ternero rubio que también se bañaba en el lodo negro y a Antonio el Boyero riéndose a carcajadas entre los juncos de la orilla. Y sus carcajadas se oían, mientras avanzaba hacia nosotros, porque el lodo sólo le llegaba a la garganta y su cabeza y su gorra sobresalían del lodo negro. Y vi que Antonio me cogía a mí por una oreja y me depositaba entre los juncos de la orilla y al ternero rubio junto a mí. Y la oreja me dolía terriblemente y desperté.

     La oreja siguió doliéndome porque la había tenido doblada toda la noche bajo el peso de mi cabezota. Era muy entrada la mañana. Pero yo quise seguir durmiendo para ver qué había hecho Antonio el boyero después de sacarnos, del lodo al ternero rubio y a mí.

     Y cuando empezaba a quedarme dormido otra vez, entró la chacha en la alcoba con mis sandalias en la mano. Venía de la rivera de llevar el almuerzo al boyero. Había encontrado mis sandalias pero al Boyero, no. 

     –Está en el Cahorzo Hondo –dije yo con naturalidad–. Se quedó allí.
     –¿Qué dices, criatura?
     –Digo que Antonio el boyero, está en el Cahorzo Hondo; que se quedó allí.
     –¿Pero cuándo? Estás loco.
     –Ahora, hace un momento, se quedó allí. Déjame en paz. Si no me dejas en paz no podré saber lo que hizo después. -Y me volví de cara a la pared dispuesto a dormir de nuevo.

     La chacha comprendió que yo había soñado. La chacha era supersticiosa y creía en los sueños. Todo el pueblo era supersticioso y creyó en la chacha. Sondearon con pértigas el fondo turbio del remanso y Antonio, el boyero mudo, estaba allí.

     –¡Se conoce que el pobre resbaló y cayó al agua y como no podía gritar pidiendo auxilio… – Eso decían las mujeres al subir la cuesta de regreso al pueblo.

     Yo sabía que Antonio el boyero estaba en el Cahorzo Hondo por otras razones. Algo en que interveníamos el ternero rubio y yo. Pero no acababa de comprenderlo. Y no dije nada. Él tampoco hubiera dicho nada. Antes de todo esto ya era mudo. Y ahora seguía tan mudo o poco más.

Manuel San Martín 


BIBLIOGRAFIA


Forma parte del libro LA NOTICIA (1958) EDITORIAL ROCAS, su primer libro publicado que es una recopilación de cuentos que incluye LA NOTICIA, Premio Sésamo de cuentos, y EL PAYASO ALEGRE, Premio Leopoldo Alas (1956)

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