Gustave Doré y la Salamanca de finales del siglo XlX

Un día soleado de finales del siglo XIX, Gustave Doré, el ilustrador más conocido de la historia de la ilustración, toma asiento a orillas del Tormes.

Doré, recién entrado en la treintena, ha decidido que ya es hora de emprender una aventura y se ha embarcado junto a su amigo Charles Davillier en un largo viaje por España que le ha traído a Salamanca.

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Retrato Gustave Doré

Davillier es un hispanista que ya ha viajado alguna vez a España, y del que se dice que tuvo un profundo conocimiento de nuestra cultura e idioma.

Lo que Doré y Davillier se han propuesto es dar una visión de España alejada de los tópicos. La revista Le Tour du Monde se interesa por su proyecto, y publica lo que Doré y Davillier le van enviando. Los textos los escribe Davillier, y Doré hace las ilustraciones.

Todos esos artículos se reunirán después en un único volumen que se publicará en 1874 con el título Viaje por España. (Una traducción inglesa del original francés puede consultarse aquí).

Da la impresión de que ni Doré ni Davillier consiguieron librarse de la influencia del tópico español. Aunque a lo mejor eso tampoco es malo porque un país sin tópicos potentes en el fondo es un país sin personalidad.

Días después de su llegada a la ciudad envían su artículo a la revista Le Tour Du Monde. Y lo que se desprende del artículo es que ni a Doré ni a Davillier les gustó mucho Salamanca.

A lo mejor porque la Salamanca de finales del XlX que les recibe es una Salamanca tristona y pobre. Llena de monumentos ruinosos destruidos en la guerra de la Independencia. Salpicada de viviendas miserables de puro modestas. Con calles que la lluvia transforma en barrizales malolientes. Con una economía (no mucho peor que la de ahora) sin industria ni comercio, que se ha nutrido del glorioso pasado universitario, y que malvive ahora de un ruinoso presente con el número de estudiantes en alarmante descenso.

Ante semejante espectáculo no es extraño que Davillier comience su artículo desmitificando los versos de Víctor Hugo sobre Salamanca:
Salamanca reposa sonriente sobre sus tres colinas.
Duerme al son de las mandolinas.
Y se despierta sobresaltada por el griterío de sus estudiantes.
Víctor Hugo debió de dejarse llevar por el romanticismo de nuestros monumentos en ruinas, por el sonido de las mandolinas, y por la despreocupación siempre chillona de la estudiantina de Salamanca. Pero ni a Davillier, ni tampoco a Doré les parece que Salamanca sonría mucho en medio de la pobreza ruinosa que la invade.
 
El artículo que escribe Davillier habla mucho de refranes, de chascarrillos sobre los charros, cuenta algún chiste universitario, y apenas habla de la ciudad. Hace unas brevísimas menciones a la Catedral, al puente Romano, a la Plaza Mayor, y a la Casa de las Conchas, sin decir de ellas nada que no sea lo tópico: que si estilo gótico, que si curiosa decoración de conchas, y que si en la Plaza Mayor de vez en cuando se celebran corridas de toros y olé. (el <<olé>> es añadido mío, no es cosa de Davillier).
 
Un artículo de puro trámite, en el que se adivinan bostezos y en el que su autor, con la emotividad de un notario, nos deja constancia de que no es tan cierto que Salamanca enhechice con sus encantos a todos los viajeros.
 
Mientras Davillier redacta su artículo, Doré ha tomado asiento a orillas del Tormes. Ha encontrado un buen sitio a la sombra de unos chopos. Frente a él se alza la Catedral. Un Tormes caudaloso espumea cristalino bajo los arcos romanos del puente. Un grupo de hombres descansa a la orilla, unos metros más allá de Doré. Aunque no puede entender lo que dicen, Doré escucha sus voces y risotadas, y durante un momento les observa.  Ellos también le miran. Puede que incluso alguno de esos hombres le conozca porque su hermana, o su novia, o su madre lave la ropa en la casa donde los franceses se hospedan; es lo normal en las ciudades pequeñas. Quizá las risotadas del grupo de charros aplauden algún chascarrillo malicioso contra los franceses; es todavía pronto para perdonar la invasión francesa. Doré se desentiende del grupo de hombres y durante un momento fija su atención en unos caballos que chapotean en el agua. Contempla las torres salmantinas, respira con profundidad, y cierra su cuaderno de dibujo.

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El resultado es  una ilustración en la que se echan de menos los juegos de luces y de sombras que Doré sabía utilizar espectacularmente. La Catedral aparece en el dibujo raramente volteada, situada casi en paralelo al puente. Quizá podríamos interpretar que se ha vuelto a mirar a las personas que descansan a la orilla del río, pero la interpretación es un poco forzada porque no encaja mucho con el ambiente circundante carente del menor misterio.

Salamanca no tocó el corazón de Doré. Y es una pena.

Comparando esta ilustración con otras obras de Doré la verdad es que es inevitable preguntarse: ¿la dibujó de verdad Doré?

Las dudas se acrecientan al leer este blog acerca de las andaduras españolas de Doré y Davillier. Aquí se deja constancia de un estudio que realizó Buero-Vallejo sobre la obra de Gustave Doré, y donde se afirma:
Como la producción es exigente, Doré mezcla obra exclusivamente suya con otras mixturas de colaboradores e imágenes puramente mecánicas, carentes de valor artístico, y que no aparecen firmadas, como nos alerta Buero.
En cualquier caso, fuera el dibujo obra de un desmotivado Doré o de algún colaborador anónimo, Salamanca no hizo vibrar el espíritu indudablemente artístico del gran Doré. Lo que supone una cura de humildad, por no decir todo un sopapo, para los charros que andamos presumiendo de ciudad ante el primer foráneo que se nos pone a tiro.

Y es que Salamanca enhechiza, sí. Pero no a todos. Y es preciosa, sí. Pero el planeta Tierra es grande, y muchas otras ciudades son también preciosas.

BIBLIOGRAFÍA
Licencia Creative Commons Este obra de Laura Rivas Arranz está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.  

Comentarios

  1. Veo que no todos los viajeros ilustres que han visitado alguna vez Salamanca han salido "enhechizados" de aquí. Como bien dices, una lástima que Doré se fuese decepcionado de nuestra ciudad. Sí que es raro, el dibujo, la catedral está como "al otro lado, como si la hubiese dibujado reflejada en un espejo.

    Un beso shakiano!!

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    1. Hola shaka! Pues sí; raro, raro... Cuando me enteré de que existía una ilustración de Doré sobre Salamanca, lo metí de inmediato en google y me llevé una decepción al encontrarla, porque otras ilustraciones de Doré que he visto me han parecido espectaculares. Así que supongo que la decepción que me llevé yo con el dibujo de Doré seguramente es proporcional a la que se llevó él al conocer Salamanca. Pero claro, nos movemos en el terreno de la suposición... ¡Otro beso para ti!

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