Salamanca y el Mariquelo

  1. Origen de la tradición: terremoto de Lisboa de 1755
  2. Tradición polémica
  3. Muerte de un Mariquelo
  4. Entrevista a Luís Mesonero, Mariquelo en 1906
Después del terremoto de Japón, y hace unos días el terremoto de Lorca, es casi imposible no haber sufrido ciertos síntomas de psicosis sísmica.

En tales circunstancias echamos mano de Google, intentamos averiguar cuáles son las zonas más propensas a la actividad sísmica, escuchamos con atención las recomendaciones de expertos sobre cómo actuar en caso de terremoto, queriendo volver cuanto antes a nuestro antiguo convencimiento de que del suelo ya no te caes y que pisamos tierra firme.


En estos menesteres, en pleno arrebato de búsqueda informativa que calmara la inquietud sísmica, recalamos en el terremoto de Lisboa de 1755. Devastador. Según he leído, de 9 grados en la escala Richter. Le siguió un tsunami y murieron miles de personas. Lisboa quedó devastada. Ese sábado primero de noviembre de 1755, cuenta Villar y Macías que muchos salmantinos se encontraban en la Catedral en plena misa del día de Todos los Santos:
“[…]repentinamente se conmovió con estrépito todo el pavimento, columnas, paredes y bóveda de ambos templos crujiendo toda su máquina, asombrando con su continuo movimiento, excediendo a la ponderación el que por su elevación hacían las torres”.
A pesar de ello la Catedral resistió, aunque la torre de las campanas quedó severamente dañada.
Como agradecimiento porque los daños hubieran sido sólo materiales y los salmantinos allí congregados, que era muchos, hubieran salvado sus vidas, el cabildo determinó que se guardaría memoria del milagro, celebrando todos los días 1 de noviembre actos religiosos de acción de gracias. Y la víspera, el 31 de octubre, se avisaría a la ciudad entera de esos actos religiosos del día siguiente tocando las campanas de la torre. Incluida la llamada “campana del reloj”. Se hace mención específica a esta campana, porque por sí misma tocó el 1 de noviembre de 1755  zarandeada por los envites del terremoto.

Y aquí es donde supuestamente comienza la tradición del Mariquelo.

Al parecer a la campana del reloj sólo puede accederse exteriormente. Y para tocarla era necesario asumir ciertos peligros. El término “Mariquelo” procede, según algunos, del nombre por el que se conocía a quien se atrevió a realizar por primera vez el arriesgado ascenso.

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Otras fuentes añaden que la subida se aprovechaba también para medir la inclinación de la torre. Mediciones que tenían que llevarse a cabo anualmente para comprobar que todo continuaba en buen estado.

El Semanario Salmantino en 1876 se hace eco de que no todos están de acuerdo en situar el nacimiento del Mariquelo en 1755, y apuntan voces que sugieren que el origen  “se pierde en una nebulosa más antigua”.

Sea o no éste su origen, el Mariquelo se convirtió en una tradición popular, que durante siglos congregó a asombrados salmantinos a los pies de la Catedral.
Se hacían coplillas sobre el Mariquelo:
Por un capricho que su idea encierra
ser quisiera una vez el Mariquelo:
No sé si por estar más junto al cielo
o por verme más lejos del tierra.

La prensa salmantina de principios del siglo XX se llenaba de párrafos en contra de una tradición en la que peligraba la vida de una persona. Se relacionaba esta costumbre con el barbarismo y provincianismo que nos separaba de la Europa más civilizada y moderna.

Pero año tras año, los salmantinos seguían la escalada del Mariquelo con la respiración contenida. Y según testimonios de la prensa, hubo años que fueron dos y hasta tres los mariquelos que encaraban el peligroso ascenso.


Se conserva testimonio de la muerte de un Mariquelo, aunque no en el momento de escalar la torre:

En agosto de 1877 el rey Alfonso XII tenía previsto visitar Salamanca. Ante la inminencia de la visita real, el cabildo decidió que había que limpiar las bóvedas más altas del interior de la catedral. Tratándose de una altura tan grande, se pensó que el hombre apropiado para semejante labor no exenta de riesgo era sin duda el Mariquelo. Se habilitó una polea, un cesto y unas cuerdas. Se introdujo al Mariquelo en el cesto, y se le elevó a las alturas del templo para proceder a la limpieza. Una de aquellas tardes las cuerdas se rompieron y el desenlace fue fatal. Dicen las fuentes que el pobre Mariquelo se estrelló contra las losas inmediatas al púlpito de la epístola, al grito de: ¡Jesús me valga! Se llamaba Pacho y era el carpintero de la Catedral.

Enrique Esperabé de Arteaga afirma en su Salamanca en la mano, que los Mariquelos solían ser alguno de los albañiles o carpinteros de la Catedral. Y que a cambio de su ascenso obtenían una onza de oro. Así, Pacho era, como hemos visto, el carpintero de la Catedral. Y se conservan noticias de otro Mariquelo cuya actividad laboral era la de campanero.

La información la obtenemos de la edición de El adelanto del Viernes, 2 de noviembre de 1906. Un periodista realizaba una entrevista, bastante crítica a la vez que divertida, al Mariquelo. Es tan irónica que al leerla cabe pensar que esté compuesta con cierta dosis de fabulación:

—¿Cómo se llama usted?
—Luís Mesonero
—¿Profesión?
—Campanero
—Mire usted que cae en copla.
—Pues ponga usted Mariquelo
—¿De modo que eso es una profesión? ¿Y cuánto produce?
—¿Producir? Subo por pasar el rato y por seguir la costumbre.
—Bonito pasatiempo.
—Para mi como subir las escaleras de casa. Este año he subido ocho veces, pero como no avisaban las campanas ni era a fecha fija, no se paraban las gentes a mirar
—¿Y la onza ésa que dicen por ahí que le dan al que sube?
—¡Al que sube! Pues pocas onzas me había yo ganado. Ya ve usted, hace TREINTA años que subo. Cuando era obispo el señor Martín Izquierdo, me daba cuatro duritos, que me venían muy bien; pero después no han vuelto a dar ni un chavo moruno.
—Estamos en tiempo de economía, y ya no pagan ni los lutos. Porque esas veinte pesetas serían para si se rompía usted la crisma, lo que con su permiso, nos parece bastante probable a los que le vemos subir.
—Estén ustedes tranquilos; lo único que se siente es un poco de frío. El segundo día sentí más frio que el primero.
—Es que el primero era de Octubre y ya estamos en Noviembre apreciado Mariquelo. El frío es muy sano y le desarrollará a usted el apetito.
—Lo tengo bien desarrollado. Si se atreve usted a pagarme una merienda, me comprometo a comérmela allí en la torre.
—¿Dentro?
—No señor. Por encima de la cruz.
—Yo no puedo pagar meriendas, insigne Mariquelo, además creo que si pusieran meriendas en el alto de la torre, subirían muchos a buscarlas. Por mi parte puede usted estar tranquilo. Le prometo que no he de hacerle la competencia aunque pongan un jamón con chorreras. ¿Y la media naranja?
—¿Quién? ¿mi mujer?
—No señor. La media naranja de la torre. ¿Es muy grande?
—Sí señor. Pueden sentarse en ella cómodamente cuatro personas.
—Eso de la comodidad es opinión de usted. De todos modos lo creeremos porque no es cosa de subir a comprobarlo. Es decir me figuro que no valdrá la pena de subir.
—Pues es bonito. Se ven muchos pueblos y Salamanca parece una de esas cajas de muñecos que venden en las ferias. En algunos pueblos sale la gente a verme subir y me hacen señas con paraguas abiertos.
—¿Qué mas, ilustre Mariquelo?
—Nada más. Que diga usted lo de la merienda a ver si hay alguno que quiera pagarla y verá usted qué tranquilo me la como.
—Bueno, pues lo diré y diré lo de cuatro duritos a ver si se los dan a usted y se come usted la merienda tranquilamente en su casa. Por mucha seguridad que tenga usted en sus piernas, debe ser mejor comer en una mesa que comer en una torre y a una porción de metros del suelo.
—Para mí lo mismo subo las escalera de casa que las de la torre.
—Si, ya se lo he oído a usted, pero yo me he caído algunas veces por las escaleras de mi casa y usted puede caerse de las de la torre.
—Dios no lo quiera.
—Amén. Cuidado, sin embargo, con un percance porque si se cae usted desaparece la costumbre y hay que velar por la tradición. Aunque ¡quién sabe! quizá el hule diera más interés al espectáculo y después salieran a docenas los mariquelos voluntarios.
Sin embargo, no todas las épocas dieron salmantinos dispuestos a afrontar el desafío del ascenso. En los años 30, Enrique Esperabé de Arteaga afirma:
Ahora el Mariquelo no luce, por lo general, esas habilidades, ni quiere exponerse a dar un salto mortal. Se contenta sólo con saludar al público desde uno de los ventanales y si sale al exterior, es para recorrer poco trayecto y por sitios no erizados de peligros.
Termina la descripción de los mariquelos de aquellos años 30 calificándolos de más juiciosos y prudentes.

Prudencia bastante comprensible si, como cuentan, el cargo de Mariquelo no era voluntario sino que pasaba de generación en generación por transmisión congénita. Que tu padre te deje en herencia la subida anual a lo más alto de la torre de la Catedral tiene que ser inquietante y hasta traumático.

No es de extrañar que como se cuenta en la web oficial de nuestro actual Mariquelo, el último descendiente de la familia de los Mariquelos que aceptara tal herencia fue un hombre llamado Fabián, que se plantó en 1976 y ya no subió más. Y ningún heredero posterior continuó con tan arriesgado legado.

La tradición anual de la subida a la torre se perdió por completo, hasta que en 1985 la recupera el actual Mariquelo Ángel Rufino del Haro.

Ya a finales de siglo XIX no estaba claro el significado que tenía el ascenso del Mariquelo. En los alrededores del año 1889 Franciso Fernández Villegas decía sobre el Mariquelo:
No conozco la etimología de esta palabra ni sé de dónde trae su origen la costumbre.
Un siglo después del terremoto, el ascenso del Mariquelo a la torre de las campanas no parece ya tener entre algunos un significado concreto. De ser un acto simbólico en memoria del milagro vivido por las personas que salvaron su vida en 1755, pasa a ser un espectáculo sin más significado que la contemplación de la temeridad y la chulería bizarra del Mariquelo.

Al margen de la polémica entre partidarios y detractores que arrastra consigo esta tradición desde comienzos de siglo XX, la chulería bizarra del Mariquelo no es mal remedio contra la psicosis sísmica con la que abríamos este artículo. Porque a fin de cuentas, todos andamos por la vida sin pensar que en cualquier momento el suelo tal y como lo conocemos puede abrirse bajo nuestros pies y tragarnos. Y ni siquiera hace falta un terremoto real para que se nos revuelva la vida. Y sin embargo, ahí estamos, afrontando cada día con la chulería bizarra y salmantina de Luís Mesonero:
“Estén ustedes tranquilos. Lo único que se siente es un poco de frío. Es bonito. Se ven muchos pueblos. Para mí como subir las escaleras de casa. ¿Caerme? Dios no lo quiera”.
Y es que todos somos un poco el Mariquelo.

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BIBLIOGRAFÍA
  • El Castellano: diario de la mañana. Hemeroteca
  • El Semanario Salmantino. Hemeroteca
  • El Adelanto. Hemeroteca.
  • Salamanca por dentro. Francisco Fernández Villegas. 1889?
  • Salamanca en la mano: noticias histórico-descriptivas acerca de la ciudad y sus monumentos, usos y costumbres,... Enrique Esperabé de Arteaga. 1930
  • Historia de Salamanca. Villar y Macías. M. 1887
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