El Ayuntamiento llama a mi puerta

Llamaron al timbre. Me extrañó porque era una hora rara de esas en las que ni yo suelo estar en casa. Pero ese lunes allí estaba yo. Me extrañó todavía más cuando tras preguntar quién tocaba el timbre la voz de un hombre me respondió: “Certificado del Ayuntamiento”. En este punto confieso que me asusté. ¿Qué quería el alcalde de mí? ¿subirme más la tasa de la basura? ¿la del agua? ¿el Ibi de la casa de mi madre? ¿dejarme en el buzón un recibo de los que tengo domiciliado por si me da por pagarlo dos veces? (Es que en ocasiones pasan estas cosas. Tú domicilias y ellos te giran igual el recibo a casa. Fenómenos paranormales de la Administración.)

No tardé mucho más en desvelar el misterio. Se me apareció en el umbral de la puerta un mensajero consistorial que puso en mis manos un folletito, un manojo de folios, y al tiempo me anunció mi nombramiento como primer suplente del segundo vocal de la mesa electoral. “A pringar”, pensé mientras mi cara debió de contraerse en profunda mueca de fastidio.

—¿Y qué tengo que hacer? —acerté a articular, antes de que el mensajero consistorial se desvaneciera escaleras abajo. 
—Estar en el colegio electoral a las ocho de la mañana.

O sea, el domingo a madrugar.


eleccionesfolleto


Yo soy demócrata. Me gusta la libertad de expresión, que todos tengan derecho a defender sus opiniones, que en el Sistema tengan cabida todas las ideologías, que se respeten los derechos fundamentales. y todas esas cosas que nos parecen bien a todos. Sin embargo la posibilidad de tirarme catorce horas seguidas, o incluso más, delante de una mesa haciendo listas de personas y contando votos a cambio de 60 euros escasos, me crispa.

En primer lugar: los 60 euros lo califican de “dieta”. No creo que las dietas que cobran nuestros políticos por acudir a un pleno extraordinario o las demás historietas que se monten, se reduzca a 60 euros. Ni creo tampoco que el día que cobran la dieta hayan trabajado las catorce horas dominicales que van a currarse todos los ciudadanos que han sido llamados a filas en los colegios electorales.

En segundo lugar: te venden como un derecho, como un orgullo cívico, despilfarrar un día de mi vida para hacer posible que salgan elegidos unos señores y señoras, cuyos programas electorales me resultan repetitivos y falsos. Cuyos sueldos, en comparación con los del resto de los mortales, resultan abusivos. Más, si tenemos en cuenta que su gestión año tras año es inútil, porque tanto Salamanca como Castilla y León andan cada día más olvidadas, más pobres, con menos trabajo, menos jóvenes, más despoblación etc. Y que da igual quién salga, porque todos han demostrado que lo único que les importa no es la ciudad sino la política, su política, su cargo, su medio de vida, de buena vida.

En tercer lugar y no menos importante: no me gusta que me amenacen. Y en esos encantadores folios con los que me ha obsequiado el Ayuntamiento, se me informa de que si no cumplo con mi deber me caerán “de tres meses a un año o multa de seis a veinticuatro meses”.

En el nombre de la democracia me obligan a levantarme el próximo domingo a las siete de la mañana, para ir a hacer los coros a una clase política que solo mira por ellos mismos.

La ley electoral contempla mi derecho a abstenerme y a mostrar así mi desacuerdo con las opciones políticas actuales. Pero si no voy a la mesa electoral a contar votos, lo penaré en la cárcel o entregando una bonita suma monetaria a la Administración.

Y fijo que a uno que me tire del bolso por la calle le meten por la puerta delantera de la comisaría y le sacan en el acto por la trasera y aquí no ha pasado nada. Pero si el próximo domingo yo me abstengo de ir al colegio electoral me cae gorda.

elecciones 2011

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